María Rafols - Nacimiento en un mundo que gira.

El 5 de noviembre de 1781, en el molino de Rovira, a 64 kilómetros de Barcelona y a 1 de Villafranca del Panadés, nació una niña que dos días más tarde sería bautizada con los nombres de María Josefa Rosa. Sus padres se llamaban Cristóbal Rafols y Margarita Bruna y eran pobres y sencillos campesinos.


Aquí podría concluir la historia de una infancia que fue tan simple como este nacimiento. No hubo divinos esplendores, voces celestes, mágicos anuncios. La recién nacida era un “sol” para su madre y para todas las vecinas y no faltó en su bautizo -como no falta en ninguno- esa viejecita que anuncia que el neófito está llamado a hacer girar el mundo. Y cuantos lo oyeron sonrieron -como siempre- benévolos y comentaron que “sí, abuela, y usted que lo vea”, con esa dulce ironía con la que comentamos todo aquello que no creemos.

Sin embargo, esta vez esa “profecía” de todos los bautizos iba a tener mucho de cierto: aquella niña iba a capitanear una gran aventura que haría girar muchas cosas, que se anticiparía a algunos de los movimientos más vivos de la Iglesia en el siglo que ya estaba casi a las puertas. Aquella niña -no porque estuviera hecha de esa especial madera de la que, por lo visto, hacen a los santos, sino porque sabría responder a todas esas llamadas de Dios que los mediocres desperdiciamos- iba a asumir una de las tareas más difíciles que a un creyente pueden encomendársele: arder y no brillar; caminar sin avanzar; construir arduamente unos hondos cimientos y no llegar a ver jamás el edificio que sobre ellos se construirá.

Afortunadamente, oscuridad no es infecundidad: y esa es la razón por la que doscientos años después vuelve a ser importante aquel 5 de noviembre, a pesar de que la humana sea una raza de tan corta memoria que acostumbre a comer el pan sin preguntarse nunca por la oscura semilla de la que nació ese trigo que lo forma y los agrios inviernos y tremendos vendavales que la semilla tuvo que atravesar.

Tremendo vendavales, sí. Porque la historia no es uniforme: junto a siglos pacíficos, tranquilos, en los que los años parecen correr mansos y sin prisa, hay épocas en las que la historia parece acelerarse y despeñarse incluso, obligando a quienes en estos tiempos viven a tener el alma en vilo, comos si se navegar entre despeñaderos. Son éstos los que llamamos “tiempos de transición”, en los que el hombre tiene más preguntas que respuestas y usa más la brújula que la butaca. Quienes vivimos hoy lo entendemos. Y tal vez, por ello, seamos nosotros quienes mejor podamos entender aquel otro siglo en que vivió María Rafols, horas de mutaciones como las nuestras, días de búsqueda de nuevos caminos, tiempos de angustia en los que las mejores barcas amenazan naufragar.

¡Qué diferente habría sido la vida de María Rafols de haber vivido en los ochenta primeros años de su siglo!. Pero, nacida en 1781 y muerta en 1853, fue testigo presencial de uno de los giros más intensos que haya dado la humanidad en su historia. El mundo que la acogió a finales del siglo XVIII poco tenía que ver -en las ideas que lo regían en las grandes estructuras sociales, en la misma problemática de fe- con el que setenta años más tarde la despediría. Tendremos, pues, que detenernos a conocer ese marco en el que se movió, porque, si los cristianos nacen “para” acercar el mundo a Dios, mal podremos entender sus afanes si no conocemos los problemas y realidades a los que respondían.

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